SEGUNDO LUGAR

COL-19: El Corredor de los animales

Luis Fernando Molina Prieto   El diario del Otún, Pereira, Risaralda  

Conservación Internacional asesora a la comunidad para conservar este recurso. Recorrido que hizo este diario invitado a seminario internacional de periodismo ambiental en San Lorenzo, Ecuador.

Cuando un tucán del Chocó, en sus largos viajes o en sus vuelos diarios por la selva chocoana, cruza por azar una línea fronteriza, lo hace sin darse cuenta; y no deja de hacerlo porque sea un animal, sino porque el tucán chocoano es un pájaro muy realista, y por lo tanto, jamás ve cosas imaginarias. El tucán sólo ve las cosas reales, como la rama en que se posa, el fruto del que se alimenta o la indómita selva que lo rodea.

Al igual que el tucán del Chocó, miles de animales cruzan las fronteras cada día, sin darse cuenta, porque en medio de la selva, las fronteras, esas líneas imaginarias que tan solo existen en la mente humana, no se ven.

En cuanto a la mente humana, se podría decir que algunas personas han empezado a ver las cosas bajo la lógica de los tucanes -por decirlo de alguna manera-, pues han creado recientemente, como estrategia para la conservación de la biodiversidad, a nivel mundial, los Corredores de Conservación (también llamados Corredores ambientales, ecológicos, biológicos y de otras formas).

Los creadores de los corredores de conservación, al igual que los tucanes, dejaron de ver cosas imaginarias, como las fronteras entre países; y empezaron a ver las cosas realmente importantes, es decir, los ecosistemas y las acciones que pueden fortalecer su conservación, sin importar las fronteras que sea necesario atravesar para lograrlo.

La importancia y colosal dimensión de los corredores -que bien podrían llamarse Megacorredores de conservación-, se aprecia en uno de ellos, que se extiende a lo largo de la costa del Pacífico, abarcando territorios de Colombia y Ecuador. Se trata del Corredor de Conservación Chocó-Manabí, un corredor creado para la conservación de la selva húmeda del Chocó, un ecosistema que se extiende desde el piedemonte andino hasta las tierras bajas de la costa del Pacífico, en los dos países.

El corredor es frecuentado por muchísimas aves, destacándose por su aspecto el pájaro paraguas Cephalopterus penduliger, quien además de portar un paraguas de plumas en la cabeza, ostenta una enorme servilleta de plumas sobre el pecho y el vientre, cual si fuera un elegante gourmet. Muchas aves del Pacífico circulan por el corredor, como el periquito del Pacífico Forpus coelestis; el atrapamoscas real del Pacífico Onychorhynchus occidentalis y el hornero del Pacífico Furnarius cinnamomeus; todas ellas acompañadas por hermosas aves del Chocó, como el trogón del Chocó Trogón compus, y por supuesto, el tucán que ha revoloteado por estas páginas desde el primer párrafo.

Pero en el corredor no sólo habitan plantas y animales, sino que vive una gran cantidad de gente, en su mayoría, gente muy pobre; pues se trata de comunidades negras e indígenas, que como es bien sabido, habitan en condiciones de extrema pobreza. Son en total 79 municipios colombianos y 42 ecuatorianos los que se ubican al interior de un corredor en el que se concentra la mayoría de los territorios colectivos de las comunidades negras, con cerca de 5 millones de hectáreas en Colombia y más de 500 mil en Ecuador. En cuanto a comunidades indígenas, el corredor cuenta con una importante diversidad de grupos, como los embera, los katíos, los chami, los wounana, los esperara- wa en Colombia; además de los chachi, los espera, los huancavilca y los manteño-jama-coaque, en Ecuador, cuyos resguardos suman más de dos millones de hectáreas, entre los dos países. Por lo anterior, los proyectos que se adelantan en el corredor tienen dos objetivos, la conservación de la biodiversidad y la lucha contra la pobreza. ¿Cómo se logra esto? Muy sencillo, a través de iniciativas que vinculan a las comunidades -que por tradición han conservado la biodiversidad en sus territorios- con los retos de la conservación de la biodiversidad actual. De esta manera, por ejemplo, la comunidad indígena chachi del Ecuador, en convenio con agencias internacionales y con el apoyo de recursos de origen privado, ha generado un interesante proyecto conocido como la Gran Reserva Chachi, que abarca unas 30 mil hectáreas de áreas destinadas a la conservación de la biodiversidad y al desarrollo sostenible de la comunidad chachi; un proyecto al que, recientemente, la banda de rock inglesa Cold Play, donó 150 mil dólares; todo gracias a que los proyectos que se adelantan actualmente en el corredor, coordinados por Conservación Internacional y financiados por el Critical Ecosystem Partnership Fund, tienen como eje una premisa básica; existe un recurso estratégico para el desarrollo sustentable de las comunidades: la biodiversidad.

Las rayas del tigre El corredor abarca 10.7 millones de hectáreas, dentro de las cuales existen más de un millón de hectáreas de áreas protegidas: 506 mil en Colombia y 497 mil en Ecuador. La idea de los promotores del corredor es que si las áreas protegidas (que son manchas aisladas en el paisaje), no se conectan entre sí, perderán su riqueza biológica; por eso los corredores se plantean, para fortalecer la conectividad entre las áreas estratégicas para la conservación, a través de múltiples proyectos nacionales y binacionales; puesto que, aunque la biodiversidad que posee el corredor es de importancia mundial, los ecosistemas están sufriendo fragmentación y deterioro acelerado, por causa de la actividad humana.

Sobre el mapa de nuestro continente se puede vislumbrar la nueva piel de la conservación, que deja de ser manchada como la de un leopardo (sistema de áreas protegidas del siglo XX), para adquirir las amplias y claras rayas de un tigre de Bengala (sistema de corredores de conservación del siglo XXI). Retornemos al tucán. Si algún día nuestro tucán del Chocó o uno de sus descendiente se dedica a viajar por la selva chocoana, estará recorriendo, sin saberlo, el Corredor Chocó Manabí (creado para los tucanes y los demás habitantes de ese ecosistema, incluidas las comunidades humanas). Volará por dos países, porque en ellos encontrará el ambiente que le permite vivir, es decir, la selva chocoana. Pero si nuestro tucán vuela al sur y más al sur, tarde o temprano llegará a los bordes del desierto de Atacama. Al toparse con la frontera de un ecosistema distinto, el tucán no seguirá avanzando. Se posará en una rama, renovará energía con algo de alimento y se mantendrá dentro de los límites de su ecosistema, de su propio ambiente.

Lo anterior no le sucede a todas las especies, pues los gavilanes de alas anchas Buteo platypterus, por ejemplo, no sólo cazan en ecosistemas muy distintos entre sí, como humedales, bosques, e incluso desiertos; sino que además recorren en sus migraciones anuales muchísimos países, pues viajan en inmensas bandadas, desde el norte de los Estados Unidos hasta el sur del Brasil. De manera que las rayas del tigre tienen que ser muchas, pues así como debe existir conectividad entre las áreas protegidas de los distintos países, para que no desaparezcan, debe existir conectividad entre los corredores de conservación que surcan el continente; ya que por estos inmensos senderos, el milagro de la vida, en forma de incontables aves y otros animales, viaja a diario.