BOL 84 - La Etnia Esse Eija
Miguel Gomez La Prensa, Revista Domingo - La Paz julio 2008
LA ETNIA ESSE EJJA
PARTE 1. HISTORIA. Un pueblo que se traslada por siglos.
Gregorio Gámez Alico se ajusta los lentes redondos con cuidado. El hombre de 70 años de edad vive en la comunidad ese ejja de Eyiyoquibo, en San Buenaventura, La Paz, y luce juvenil con su polera suelta, gorra y pantalón de jeans café. Sonríe mientras intenta rememorar las enseñanzas de sus abuelos. Tras unos 20 segundos, emite su criterio: “Somos antiguos. Los ese ejjas antiguos no eran como los de ahora. Antes los pueblos vivían en guerra. No había organización ni comunidad. Todos los ese ejjas luchaban por su territorio y por los recursos naturales de los montes”.
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto comenta que los originarios de esta etnia se hallan asentados sobre todo en las orillas de los ríos, por su tradición pesquera. De acuerdo con su mitología, ellos tienen un sitio sagrado y secreto: la montaña boscosa Bahuajja, que en su idioma significa “frente redonda”, la cual se ubica al norte del municipio de Ixiamas, en Pando, y habría sido su lugar de procedencia; allí acuden los espíritus de los muertos para aconsejarles. Y según sus tradiciones, están obligados a peregrinar a este cerro siquiera una vez en su vida.
La leyenda dice que los ese ejjas aparecieron en las cabeceras de los ríos Madre de Dios, Tambopata, Heath y Madidi, sobre el Bahuajja. Ellos creen que a través de esta montaña se subía al cielo, utilizando un bejuco grande, y que el sueño es la experiencia liberadora de la persona en su cosmovisión, la que se expresa de noche en forma de murciélago, picaflor o búho. Ese ejjas quiere decir “gente buena”, y en Perú los llaman guarayos, tiatinawas o echojas. El antropólogo Álvaro Díez Astete sostiene que el término despectivo de guarayos era usado hace pocas décadas en el país.
Este experto arguye que la información sobre los ese ejjas no está sistematizada y explica que durante el siglo XV este grupo étnico había sufrido la presión de los incas para desplazarse hacia las planicies de selva baja. Hacia 1686, los franciscanos tomaron contacto con los que se encontraban en la parte superior del Tombopata. El padre Nicolás Armentia visitó en 1886 a ese ejjas en orillas del Madre de Dios y en una porción de las planicies que se encuentra entre Ixiamas y Cavinas, a orillas del río Madidi.
“Datos de fines del siglo XIX dan cuenta de que los ese ejjas conformaban una sola sociedad situada en la región fronteriza entre Perú y Bolivia; sin embargo, a principios del anterior siglo se dividieron en tres grupos: los bahuajja, que se expandieron por los ríos Tambopata y Madre de Dios; los sonenes, que se quedaron en el río Heath, y los ese ejjas, que se distribuyeron por el Río Beni y que recién hace cuatro décadas fueron asentados en las comunidades de Pando, las más importantes con la intervención de la misión Instituto Lingüístico de Verano”.
Rivero sostiene que los primeros contactos de esta etnia con el mundo occidental parecen haberse entablado en el siglo XVII, pero no pasaron de ser esporádicos. Este tipo de relación se mantuvo hasta el siglo XIX y recién en la primera década del XX se establecieron contactos más fluidos tras las expediciones de científicos naturalistas y de militares que exploraron la frontera amazónica peruano-boliviana. A fines de la segunda década del siglo XX, los franciscanos persuadieron a un grupo de ese ejjas a ser parte de una misión cerca de Puerto Maldonado, en Perú.
Desde ese momento se dio su migración continua de Bolivia a Perú, y viceversa. Pero el contacto con los blancos, subraya Rivero, dio como resultado la llegada que epidemias que rebajaron drásticamente su población. Pese a ello, las características de su cultura y de su organización social se siguieron reproduciendo y sólo comenzaron a modificarse significativamente cuando algunas aldeas del río Beni fueron contactadas, a mediados de los años 50, por los misioneros evangélicos del Instituto Lingüístico de Verano y de Nuevas Tribus.
Entre los ese ejjas de los ríos Beni y Madidi hay otros dos clanes: los equijati, cerca de Riberalta, y los hepahuatahe, próximos a Rurrenabaque. Díez Astete comenta que las guerras entre parcialidades eran comunes a principios del anterior siglo, y precisa, basado en el reporte de Castro Mantilla, que la misión Nuevas Tribus arribó al país en 1962 y conformó el asentamiento de Portachuelo Alto, en Pando, quedándose a vivir con los ese ejjas por 20 años. Ésta fomentó la apertura de escuelas bilingües que enseñan en lengua ese ejja y castellano.
Actualmente, los ese ejjas viven en el noreste de Bolivia y el sudoeste del Perú. En el país vecino se ubican en Puerto Maldonado. En el ámbito local, sus asentamientos se concentran en Pando (Puerto Gonzalo Moreno, provincia Madre de Dios) y La Paz (San Buenaventura, provincia Iturralde), y emigran de vez en cuando al Beni. En territorio pandino, las principales comarcas son Portachuelo Alto, Portachuelo Medio, Portachuelo Bajo y Villanueva. Y en suelo paceño sobresalen las aldeas de Eyiyoquibo (creada en 2000), Puerto Salinas y Barracón.
Díez Astete explica que el nomadismo forma parte de la esencia de esta etnia. “Durante la segunda mitad del anterior siglo, los territorios de los ese ejjas se han reducido notablemente, los recursos naturales actualmente disponibles resultan insuficientes; en general, todas las tierras en las que habitan los ese ejjas no cuentan con recursos suficientes para la subsistencia”. Su tradición cazadora igual se ha visto mermada por su sedentarización y también por las prácticas de caza indiscriminada de madereros y colonos que extinguen la fauna de sus bosques y selvas.
Para Rivero, nómada no es el término para conceptuar al traslado de un terreno a otro por parte de esta nación originaria, sino itinerante. “El nomadismo es un concepto antropológico que se aplicó a indígenas del África que se desplazaban sin rumbo, motivados por la sobrevivencia. Pero los indígenas amazónicos son itinerantes, o sea, tienen un desplazamiento lógico, racional, con un itinerario, un ciclo anual, y esto implica una lógica de ocupación del territorio en función de aspectos culturales y religiosos, es lo que llamamos en la amazonia el territorio”.
“Entonces, los ese ejjas se desplazan buscando pesca, cazando, recolectando frutas. O sea, tienen una lógica. Por ejemplo, ahora en el mes de julio, a ellos no se los va a encontrar en su aldea principal, sino en las playas, porque son navegantes. En toda esta época aplican lo que dicta su calendario, lo que se llama el daqui she, que quiere decir el año de la vuelta de la tortuga, porque todo su año productivo empieza cuando salen las tortugas del agua y de esta forma ellos las recolectan para alimentarse con ellas, al igual que con sus huevos”.
Rivero sostiene que los ese ejjas en territorio boliviano llegan a 939, sin tomar en cuenta a los que tienen sus asentamientos en Puerto Maldonado, o sea, Perú. Díez Astete, autor de la cartilla de difusión para las discusiones de la Asamblea Constituyente Pueblos indígenas de Bolivia, comenta que sus habitantes suman 732. Y el investigador Enrique Herrera Sarmiento, basado en datos de la anterior década, afirma que la población ese ejja en el lado peruano asciende a 600 personas y en La Paz y Beni a 200. Por lo tanto, no hay datos coincidentes al respecto.
En el municipio de San Buenaventura de la provincia Iturralde de La Paz, un desvío en la carretera de tierra hacia la comuna de Ixiamas marca el ingreso a la población de los ese ejjas de la región. Un cartel colgado en un pequeño sendero anuncia el arribo al territorio de Eyiyoquibo. La comunidad cuenta con 37 familias y 153 integrantes, según el presidente de la organización territorial de base, Gualberto Pereira José. La vía de acceso es incómoda para los coches. Las viviendas construidas con palos y hojas dominan el paisaje en la localidad que colinda con el río Beni.
Eyiyoquibo nació recién hace ocho años, gracias a la compra del terreno de diez hectáreas por parte de los misioneros de Nuevas Tribus. Así, los ese ejjas dejaron su vida nómada para dedicarse a la agricultura. Sin embargo, los estantes son poco sociables, desconfiados y ariscos, hablan con temor con los visitantes. Rivero sentencia: “Los ese ejjas son un grupo cerrado”. Los eyiyoquibeños son un ejemplo viviente de la tradición pesquera y cazadora de esta nación originaria. Ellos son parte de una cultura que será explicada en las siguientes páginas.
PARTE 2. SERVICIOS BÁSICOS. Casas de chochío, cusi, motacú y charo.
Los senderos que se separan de la carretera Riberalta-Santa Rosa rumbo a las comunidades ese ejja de la región de Pando quedan inhabilitados en época de lluvias. La travesía por el río Beni, partiendo de la ciudad riberalteña, toma unas seis horas. O sea, es difícil acceder a estas aldeas. Las lluvias, según el antropólogo Wigberto Rivero Pinto, igual ocasionan que los miembros de esta etnia asentados en Portachuelo y Villanueva, en territorio pandino, se queden en sus comarcas; pocos se trasladan a San Buenaventura y Puerto Maldonado, al norte de La Paz y en Perú, respectivamente.
Rivero establece que los “caminos de los ese ejjas son los ríos”, ello explica su pericia en el mando de sus canoas y el revoloteo de los remos. Aparte, en Pando, los servicios básicos son una comodidad que, generalmente, no forma parte de su vida cotidiana. “Ellos no gozan de nada, ni agua ni electricidad, no tienen ni que pensar en el alcantarillado porque no lo tienen, ni siquiera teléfono”. En el pueblo de Portachuelo Bajo, el desarrollo sólo ha venido de la mano de la construcción de una posta sanitaria, sentencia este experto que conoce como pocos a esta nación.
En San Buenaventura, en la aldea ese ejja de Eyiyoquibo, las cosas están mejor. Desde octubre del año pasado, cinco de las 37 casas del lugar ya saben lo que significa energía eléctrica. Ello ha provocado que los beneficiados escuchen música chicha a todo volumen y queden extasiados ante las películas que se proyectan en sus televisores gracias a los aparatos de DVD. El presidente de la organización territorial de base del sitio, Gualberto Pereira José, informa que por este servicio se pagan 26 bolivianos con 80 centavos a la cooperativa de luz del municipio.
También el agua potable llega a través del sistema de cañerías que parte del casco central sambueneño. Hay cinco piletas dispersas por Eyiyoquibo, lugares adonde los ese ejjas asisten en familia para bañarse. “Todavía las viviendas no tienen grifos, pero esto nos ha ayudado a que no haya muchas enfermedades, porque antes traíamos el agua del río y varios tenían problemas del estómago. Mucha diarrea padecíamos. Gracias a Dios tenemos esto y no pagamos nada por el agua que llega de San Buenaventura”.
Eso sí, las garrafas que contienen gas licuado de petróleo aún son desconocidas por los integrantes de esta etnia. “¿Qué es eso? No conocemos lo que será eso aquí. En Eyiyoquibo todavía cocinamos con leña y fuego. Los troncos nos sirven para atizar la cocina”. Tampoco hay servicio de telefonía pública en la comarca, aunque si uno se para en un sitio estratégico, puede sintonizar señal en los celulares que operan con la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel). Desde allí, Pereira hace funcionar su aparato marca Nokia, modelo 5120.
Las viviendas de los ese ejjas eyiyoquibeños son artesanales: el esqueleto de éstas es elaborado generalmente con la madera del chuchío, y los techos, con las hojas de cusi, motacú y charo, que si son bien armadas les pueden durar, comenta Pereira, décadas. Así cumplen la regla de los originarios asentados en la región amazónica boliviana, que también construyen moradas de palos y hojas, las cuales toman hasta un mes de edificación a cada parentela. “Pero ya empezaron a hacer casas con ladrillo, cemento y calamina. Así, por ejemplo, es la escuela de aquí”.
Rivero señala que los ese ejjas tienen dos tipos de viviendas: las que consideran permanentes y son edificadas en las aldeas comunales, y las que se pueden denominar “itinerantes”, elaboradas con hojas y palos. “Sus paredes les permiten evitar el frío, la humedad y el calor, son térmicas”. Otras maderas empleadas para la elaboración de moradas, utensilios, cercos e incluso trampas son: el tajibo (acuidojjotehue, en lengua ese ejja), el cedro (bishé), la siringa (shidica), el mapajo (quiehue), la jatata (sipi), el bibosi (itona), la balsa (iyajapa), el copaibo (acuiña) y la tutuma (tepé).
PARTE 3. TERRITORIO. La demanda pendiente.
Eyiyoquibo no siempre tuvo ese nombre. La comunidad ese ejja asentada en el municipio paceño de San Buenaventura desde el año 2000 primero se llamó Villa Copacabana. El territorio de diez hectáreas fue comprado y donado a la etnia por los misioneros evangélicos estadounidenses de Nuevas Tribus. “La gente pidió que se compre este terreno porque vivíamos separados: unos estaban río abajo y otros en la playa. Nos gusta el lugar porque está cerca de San Buenaventura”, dice el presidente de la organización territorial de base, Gualberto Pereira José.
En total, 37 familias habitan en Eyiyoquibo; al comienzo eran 47, pero una decena partió sin retorno a las comunas de Riberalta, Puerto Salinas, Rurrenabaque y hasta la isla de enfrente, donde también se encuentran los chacos o predios agrarios de los eyiyoquibeños. “Eso igualmente es nuestra propiedad. Lo que tenemos, lo consideramos como tierra comunitaria de origen. Desde nuestros antepasados caminaban por estos sitios. Lo único que estamos haciendo es recuperar nuestro territorio para trabajarlo”.
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto señala que esta etnia puebla un territorio que va desde el Perú, Puerto Maldonado, pasa por el río Tambo Pata, ingresa en Bolivia por la naciente del río Madre de Dios hasta Riberalta, y desde allí por el río Beni hasta Rurrenabaque y San Buenaventura. “Los ese ejjas se desplazaron no necesariamente sobre sus terrenos propios, sino que han creado enclaves: Portachuelo Bajo, Portachuelo Medio y Portachuelo Alto. El Gobierno les tituló tierras cerca de Riberalta, pero viven en la frontera con Perú y recién Rurrenabaque y San Buenaventura”.
El también antropólogo Álvaro Díez Astete comenta que “durante la segunda mitad del anterior siglo, los territorios de los ese ejjas se han reducido, y los recursos naturales son insuficientes para su subsistencia. Villanueva y Portachuelo Alto aún cuentan con algunas reservas de goma y castaña; Portachuelo Bajo no tiene ningún tipo de recursos. Por otra parte, las tierras de uso agrícola están agotadas y gran parte de las que poseen se inundan mucho”. En el caso de Villanueva, cita como ejemplo, se ve una fuerte avanzada en la tala y quema de bosques.
Díez Astete explica que la misión evangélica Instituto Lingüístico de Verano hizo trámites de dotación de tierras a las aldeas ese ejjas en Pando. Lo comprado es considerado propiedad colectiva, con una superficie de 1.000 hectáreas: 574 para Villanueva (compradas en 1974), 210 para Portachuelo Alto (1968), 219 para Portachuelo Bajo (1970), y las comarcas de Vale y Copaina (30 kilómetros arriba y 25 kilómetros abajo de Rurrenabaque, respectivamente) no poseen tierra. A esto se suman las diez hectáreas compradas en 2000 para los de Eyiyoquibo.
El peligro que asoma al territorio de los ese ejjas, continúa Astete, es la cacería indiscriminada por parte de madereros y colonos, que ha provocado un proceso de extinción de la fauna y reducido el hábito a la caza por parte de los originarios, que con ello igualmente han visto perjudicada su “relativa estabilidad semiitinerante”. Por ello, la demanda de respeto por su territorio forma parte de las organizaciones a las que están afiliados, como la Central Indígena de la Región Amazónica de Bolivia y la Central Indígena de Pueblos Originarios de la Amazonía de Pando.
El investigador Enrique Herrera Sarmiento explica que desde 1997 las aldeas ese ejjas de Portachuelo son parte del distrito municipal indígena ese ejja-tacana, del municipio Gonzalo Moreno de Pando, creado en el marco de la Ley de Participación Popular. “Antiguamente, los ese ejjas se desplazaban por un amplio territorio entre los ríos Madidi, Heath, Madre de Dios y Beni, en Bolivia y Perú. Su permanente movilidad en un espacio tan amplio es posiblemente la causa para que la sociedad no les asociara a un territorio específico”.
Su petición de territorio, adiciona Herrera, ha sido anexada a la solicitud de tierra comunitaria de origen multiétnica pandina ese ejja-cavineña-tacana. La superficie demandada asciende a 396.000 hectáreas, la inmovilizada a 441.000 hectáreas, y hay 40 terceros. “En cuanto a la población de La Paz, sus demandas territoriales no han sido consideradas”. Los bosques a los que acceden tienen especies forestales que los ese ejjas utilizan para la construcción de canoas y viviendas.
PARTE 4. ECONOMÍA. Pescadores y cazadores.
El río Beni se desborda hasta los lindes del territorio ese ejja de Eyiyoquibo, en San Buenaventura, donde hay canoas con remos y hasta con peque-peques (pequeños motores). Esto ayuda a los originarios a aplicar una de sus actividades ancestrales: la pesca. Ernesto Gámez Tanhui es uno de los más diestros pescadores de su aldea. “Tendemos y tesamos las redes en palos incrustados en el agua, y listo, así pescamos cada día. Esto es lo único que nos da un poco de dinero. Vendemos el kilo de pescado entre 15 y 20 bolivianos en los mercados sambueneños”.
El antropólogo Wigberto Rivero Pinto nombra la riqueza que habita en los ríos, arroyos y lagunas cercanos a los pueblos ese ejjas, como el bagre (jjoonojji, en lengua ese ejja), el carancho (cosi), chanana (jaitehue), dorado (jaioshe), pacú (ecabijje), palometa roja (huinoje), palometa blanca (huisa’ao), sábalo (sehua), raya (ibabi), simbado (bejjejji), serepapa (cacajji), sardina (chicha o toboco), surubí chico (jjonojjai) y surubí grande (sahuea). El presidente de la organización territorial de base de Eyiyoquibo, Gualberto Pereira José, suma a esta nómina el pintado y el tachacá.
Esta variedad de peces, dice Rivero, ha determinado que la pesca sea la principal fuente de alimentos e ingresos económicos para los ese ejjas. “Durante la época seca, esta actividad se realiza en arroyos, lagunas y estanques; en tiempo de lluvias (de octubre hasta abril), en ríos, y empleando instrumentos como el anzuelo, el arco y la flecha, el rifle de salón y el arpón. Los métodos colectivos de pesca más frecuentes son la trampa (paco) y el barbasco (shaca), que utiliza la resina (emai) del árbol del ochoó (shibé) como veneno (barbasco)”.
No obstante, los integrantes de esta nación originaria también se sustentan por medio de la caza y la recolección de miel de abeja, huevos de tortuga y frutos silvestres. “En la época de lluvias se prioriza la caza, que por lo general se la realiza durante la noche, en grupos de dos o tres personas debido a que los ese ejjas tienen la creencia de que si la caza se la practica de manera individual, los malos espíritus pueden matar al cazador. Utilizan instrumentos de cacería, como el rifle, la escopeta y la trampa, ayudados por perros”.
En cuanto a la fauna, Rivero especifica que los animales que aún existen en los territorios habitados por los ese ejjas son la capihuara (sio’bi), conejo (shajjamisi) que no se come, jochi colorado (huisene), jochi pintado (se’ao), maneche (do’), mono nocturno (dijjidijji), pejiche (so’ipa), tatú (tehui), tatitetú (yoji), tejón (huiaoao), mono silbador (huisojji), tortuga (cuiao), anta (shahui), tigre (ibia), caimán (shaejjame), pato (jjojji), tucán (soucué), perdiz (cobishahua), tojo (huipocua), garza (boca), loro (sheshe), paloma (hua’yojjo) y pájaro carpintero (ba’iya’ana).
La agricultura aplicada por esta etnia es de subsistencia. Sus cultivos contienen yuca y plátanos, y en pocos casos maíz, arroz, cacao, naranja, sandía y camote. El investigador Enrique Herrera Sarmiento señala que el principal producto de comercialización es la castaña. Rivero adiciona que los ese ejjas talan y queman bosques para habilitar chacos relativamente pequeños y destinados, sobre todo, al autoconsumo. “Tienen su ciclo anual productivo, siembran por mayo, habilitan sus chacos, se van a la playa y vuelven al chaco en marzo del siguiente año”.
Los predios destinados al agro entre los ese ejjas de Eyiyoquibo se sitúan en una isla rellena de vegetación y tras cruzar el río Beni. Pereira comenta que allí sus dirigidos tienen plantaciones de maíz, arroz y plátano. “Los alimentos sólo sirven para nuestra olla. Ahí es buena la tierra por el riego que dan las aguas del río”. En menos de dos minutos, los eyiyoquibeños se trasladan a sus chacos gracias a las canoas. “Yo voy cada día a ver que no me roben mis productos. Hay muchos ladrones”, alega Margarita Melchor Victoria, mientras alista su travesía a la isleta.
La profesora de la aldea, Karina de la Riva Irahola, informa que el hábito por la agricultura recién se ha apoderado de Eyiyoquibo. “Primero les enseñé a sembrar frejoles a los niños, el año pasado. Gracias a ello construimos el huerto escolar, donde igualmente plantamos maíz. Luego, los adultos me pidieron ayuda para aprender a cultivar arroz, y este año lo han vendido a 280 bolivianos el quintal”. Actualmente, en las casas de la comarca es posible ver pequeñas áreas destinadas a la siembra de diversas hortalizas. “Recién se están dedicando a esto”.
Herrera explica que los ese ejjas también se interesan por la crianza de cerdos, patos y gallinas. “La Misión Evangélica Suiza ha comenzado a promover la crianza de ganado ovino en las comunidades de Portachuelo (Pando). Dichas ovejas, procedentes de Brasil, se caracterizan por no tener lana, no ser predadoras y su finalidad es el consumo local”. En Eyiyoquibo, los habitantes cuidan gallinas, patos y hasta gaviotas que cuando llegan a su edad adulta sirven para la alimentación o son disecadas para la ornamentación.
“Sólo la pesca nos da para comer”, aclara Pereira. Y De la Riva revela que los eyiyoquibeños son explotados por los pescadores capitalistas de la región. “Son dos o tres personas dueñas de los materiales de pesca y las lanchas y motores, y se aprovechan de la pobre situación económica de los ese ejjas. Por ello, los llevan a trabajar río abajo, día y noche, hasta durante un mes por un sueldo de 100 bolivianos. Y ellos aceptan porque necesitan plata; su necesidad les obliga a ello. Los asesoré, pero igual se sigue dando este abuso”.

