PRIMER LUGAR

El clan de la babilla

Juan Carlos Gutiérrez   Vanguardia Liberal - Bucaramanga , Santander  


Mensualmente el Magdalena Medio santandereano provee tres mil pieles de babilla al mercado negro mundial. Este medio habló con un traficante local. Así es el negocio que tiene en peligro de extinción a este animal en el departamento.


El lugar de la cita huele a raro, a viejo. El olor a canoa, a pescado y a agua picha, castiga la banca donde Raúl está sentado tomándose una cerveza. Un hombre de ciénaga huele siempre distinto, así esté escru-pulosamente aseado.

Desde esa banca de madera, el clan de Raúl (quien saluda con gesto amable) se maneja el tráfico ilegal de piel de babilla en Santander.

Allí se verifica cada mes que cerca de 3.000 pieles pasen sin problema hacia los mercados negros de Medellín, Valledupar, Bogotá, Barranquilla, entre otros, para luego coger vuelo hasta Japón, Europa y Estados Unidos.

Un olor a licor (tan denso, que se podría cortar) que proviene de la tienda, enrarece más el ambiente en medio de este paraje rural, en lo más profundo del Magdalena Medio santandereano.

En esta calurosa zona (cuyas señales particulares esta redacción se comprometió a no describir) está lle-na de mosquitos.

Pocos son los que sonríen ante los desconocidos. La mirada de los hombres parece extraña, ausente, quizás algo colérica, de ceño áspero.

Aunque no todos trafican con pieles, la mayoría de los que comparten el sonido cacofónico del vallena-to del parlante, metido entre telarañas, están ansiosos y pendientes de que el celular del jefe del clan timbre.

Pero hasta ahora el aparato ha permanecido mudo, agarrado a la correa del hombre corpulento que no se ve inquieto, a pesar de que mucha autoridad ha pasado por la zona río arriba, de ese solitario paraje.

"Estamos esperando un cargamento. Viene de arriba (un lugar más al fondo del río, cuya localización exacta nunca fue revelada).

Son como unas 2.000 pieles de babilla que vamos a vender. Tienen que llamar para decir que todo salió bien...", dice Raúl, con su voz gruesa y combativa, de 34 años, al tiempo que ofrece una cerveza que di-sipa los malestares de la espera.

"Desde allá nos avisan para ir a recoger las pieles...".

Cada uno de los cerca de 15 pequeños jefes que conforman el clan de Santander, tiene un lote apartado del gran cargamento que está por llegar. Por ejemplo, Raúl espera comercializar unos 300 cueros.

"Hay un sitio estratégico a donde llegan. Uno tiene que moverse a traer las cajas. Cada cual lleva su bul-to. Eso viene marcado. Yo hice mi pedido y espero ganarme unos $500 mil. Al mes se hacen dos viajes, en promedio, entonces uno termina cuadrándose unos $900 mil.

"El que más gana es el patrón del clan. Él se lleva casi toda la plata por tener los contactos. Mensual-mente se mete al bolsillo unos $2 millones".

"Las pieles que compramos se las entregamos al jefe del clan. Él coordina todo y se la vende al 'propio', que se encarga de curtirlas. Esas pieles no caen aquí en Colombia, eso va para afuera...".

Y es allá, bien lejos de este río silencioso, que descuaja de tajo costas, que van a parar los pellejos.

Este negocio se maneja por número de pieles. Para confeccionar un par de botas que se venden en Nue-va York, se necesita una piel (de un metro cuadrado) de tres lagartos como mínimo.

Para el caso de un bolso de mujer, de unos 4.000 centímetros cuadrados, es necesario matar a dos babi-llas; claro que con los sobrantes de piel se elaboran cinturones, billeteras, llaveros y agendas.

Linterna y arpón

"Hey. Mosca, necesitamos tres mil. Estamos en contacto, ya saben...".

Así de simple fue el pedido que Raúl hizo, semanas atrás, desde una caseta cercana a su vivienda, al contacto con los pescadores que conocen los recovecos donde se meten las babillas en las ciénagas.

"De tiempo atrás uno conoce a esa gente. Uno les marca al pueblo donde viven con una clave. Ellos tie-nen su teléfono y cuando agarran el tope de pieles avisan.

"Uno ya los conoce. Ellos tienen su método de caza. En eso no nos metemos. Lo importante es que cumplan el pedido.

"Esa gente sale de noche. Andan con una linterna y su arpón y cuando las ven, de una les van dando puya. Otros las cogen con trampas.

"La única condición es que el animal para matarlo tiene que medir más de 34 centímetros (un año y medio de edad). Piel de menos longitud no sirve. Esa medida nosotros la pusimos. Lo más largo que nos ha llegado alcanza los 135 centímetros.

"Esa gente tiene también su jefe. Para un pedido de 2.000 pieles se contratan unos siete pescadores y si les va bien, sacan el pedido en unos 20 días.

"Cada pescador se gana un jornal de $8 mil. Ellos cobran por los que matan. Por uno bicho grande pa-gan hasta $25 mil. Un hombre duro en cazar puede llevarse más de $500 mil, claro, no todas las veces se coge al animal.

"Los mismos pescadores son los encargados de despellejar a la babilla. Ellos conocen la técnica. La carne se reparte o se regala porque es de buen sabor, haga de cuenta que come bagre...", dice Raúl, quien acaba de tomarse la séptima cerveza y mira el reloj.

Aunque no lo dice, refleja un cierto aire de intranquilidad, porque la Policía navegó río arriba y porque aún no han llamado y la inversión se puede perder.

Pero tampoco hay drama. Estos hombres son curtidos en el negocio y saben los riesgos. Ellos tienen cla-ro que una vez muerto el animal, en la playa se pacta una contrarreloj, pues el tiempo entre el despellejo es descarnado y la salazón debe ser el mínimo posible para mantener la calidad de la piel.

La rapidez es un factor esencial y ello no se debe solamente al peligro de putrefacción sino también al hecho de que la piel se seca por completo y se endurece con rapidez.

En el despellejo se debe separar la piel del animal, realizando incisiones alrededor del cuello y extremi-dades, y a lo largo del lomo, desde la nuca hasta la cola, aprovechando así la piel del vientre que resulta ser la más suave.

Además, la piel no debe ser nunca expuesta de forma directa a los rayos del sol, porque las escamas ad-quieren un aspecto oleoso y transparente, que entorpece su curtido. Tan pronto como la piel ha sido se-parada del animal, deberá colocarse sobre una superficie en su totalidad plana, donde pueda separarse con cuidado el exceso de carne, grasas o tejido, de tal manera que quede preparada para la salazón, la cual constituye la operación más importante.

"No me pregunte cómo hacemos eso. Nosotros utilizamos unos químicos, pero de eso no hablo. Al mes la piel se daña y entonces hay que venderla a menor precio...".

El transporte

El papel de Raúl en el mercado negro de piel de babillas del Magdalena Medio, es reunirse en un punto previo determinado de un pequeño río.

De allí, él se encarga de cargar las cajas repletas con la piel y mandarlas fuera de Santander.

"Uno tiene que estar pendiente de cómo está la marea para que no lo coja a uno la Policía; el Ejército poco se mete en esto. A veces el cargamento lo movemos por carretera o por el río. Si uno ve que la puede sacar en chalupa, la mete por ese lado.

"A veces uno cuenta con suerte y nadie lo requisa. Cuando cogen el cargamento lo queman y uno pier-de todo. A veces uno se charla a la Policía y nos dejan pasar. Eso depende de la suerte que tenga uno, porque uno se los charla, de que con esto sacamos adelante la familia.

"A mí me han cogido dos veces, pero no hubo problema porque el abogado me sacó. Me tuvieron por horas...

"El éxito del negocio es entregar bien el cargamento, después ya es responsabilidad de los otros. De ellos no le puedo decir mucho, lo que sé es que legalizan la piel con criaderos para sacarla legalmente. Esa gente mete las pieles por debajo de cuerda y dicen que es de su producción.

"No le puedo decir los puntos de distribución en el país, pondría en riesgo mi cuello...".

¿Y los paras...?

La noche se le vino encima a Raúl confesando algunas cosas del trabajo que ha realizado en los últimos 12 años y con los que ha educado a sus dos hijas.

"Los paramilitares no tiene nada que ver en el asunto. Ellos saben. Cuando uno ve que la cosa se pone fea con ellos, entonces se abre y se va cazar a otro lado.

"Mire, este trabajo me ha dado buenos resultados. Soy casado y lo poquito que tengo se lo debo a esto. Las babillas no se han acabado. Eso es lo que hay. Un animal de esos es como el bocachico, que tienen miles de crías...".

Tal vez fue una canasta de cerveza, dos o más, pero hubo un punto en que Raúl dijo: "hasta aquí habla-mos".

Al rato sonó el celular y los del clan tuvieron una reunión privada.

Después fue que se supo que la Policía andaba río arriba buscando un muerto (un hombre con dos tiros en la cabeza) y no tenían ni idea que estaban moviendo mercancía ese día.

Esa noche, lo único que se dijo fue que el cargamento "coronó".

El mercado Negro

Recuadro Nº 1

Para el biólogo y zoólogo de la Universidad de Antioquia, Carlos Cuartas, el tráfico de fauna silvestre es considerado como una de las actividades de mayor poder en el ámbito a mundial, después del comercio armas y drogas.

Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), en Colombia existen 109 especies de fauna en peligro de desaparecer.

Por su parte, la Convención Internacional sobre el Comercio de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre (CITES) incluye en sus listados un total 477 especies colombianas, incluida la babilla.

Y es que nuestro país cuenta con una de las mayores riquezas de flora y fauna.

Proporcionalmente en nuestro territorio, tenemos más riqueza de fauna que Brasil, Australia y México Colombia posee hasta hoy:

456 especies de mamíferos. 1.752 especies de aves, siendo los primeros en el mundo. 475 especies de reptiles, ocupando el tercer puesto en el globo. 583 especies de anfibios, siendo los segundos en el contexto mundial. 1.089 especies de arácnidos. 2.000 especies aproximadamente de Himenópteros, es decir, abejas. 3.500 especies de Lepidópteros, conocidos como la familia de las mariposas y más de 2.000 especies de peces.

La trágica historia

Recuadro Nº 2

Expertos señalan que la historia de la comercialización de pieles silvestres de Colombia al exterior co-menzó en 1870 con las plumas de garza y tuvo un gran auge a finales del siglo con pieles de tigrillos y caimanes del Magdalena hacia Europa y los Estados Unidos.

En la década de los cuarenta y cincuenta arrancó la demanda gradual de animales vivos, como Psitáci-dos (loras, guacamayas y pericos) y primates para mascota e investigaciones biomédicas, así como la caza comercial a gran escala de caimán llanero y caimán negro.

Para 1960 las poblaciones de caimán estaban prácticamente extinguidas, fue entonces cuando comenzó la demanda permanente de pieles de babilla, chigüiros, zainos, iguanas, nutrias, perros de agua, tigres y tigrillos, por parte de Europa, Estados Unidos y Japón, comercialización masiva que tiene al borde de la desaparición a tales especies.

Hace tan sólo dos años salían de Latinoamérica más de 50 mil primates, 4 millones de pájaros vivos, 20 millones de pieles y más de 13 millones de peces tropicales, entre otros, siendo la mayoría especies en vía de extinción.

Hoy en día estas cifras son menores, pero no debido a que la extracción haya cesado, sino que ya es di-fícil encontrar grandes grupos de animales en su hábitat natural.

Por ejemplo, en el Magdalena Medio santandereano una piel de babilla se le compra a un cazador por $30 mil y en el mercado exterior este precio se triplica.

Se estima que las pieles de babilla del mercado negro de América, son curtidas y manufacturadas en el sur Asiático y exportadas a los Estados Unidos y Europa donde son vendidas a precios similares a las fabricadas con pieles clásicas.

Actualmente y pese a existir una legislación que controla este tráfico, el problema radica en la falta de autoridades capaces de hacer cumplir las mismas, por carencia de capacitación y escasez de personal.

Según la Policía de Santander, el año pasado se realizaron dos grandes operativos de decomiso de pieles de babilla.

A su turno, la CAS dijo que en la vigencia pasada se quemaron más de 2.000 pieles en la región del Magdalena Medio. Esta entidad aseguró que realiza controles semanalmente.