PRIMER LUGAR
Biólogos jóvenes tras animales en Tunquini
Erick Ortega Revista "Escape" de La Razón - La Paz
El Parque Nacional de Cotapata acoge en sus tierras a la Estación
Biológica. Allí, nóveles profesionales se trazaron un objetivo:
hacer más grata la convivencia del hombre con el medio ambiente.
"Tiburoncín no quiere comer", la noticia cae como una piedra en el
cansado Guido. Caminó cuatro horas desde el río Huarinilla hasta
Tunquini para ver a su pez favorito y justo antes de llegar a la
Estación Biológica, René, el encargado del lugar, le da la mala
noticia.
No tuvo más alternativa que caminar porque los vehículos sólo
acceden hasta Chairo. Tunquini descansa en el centro del
departamento de La Paz, al sudoeste del Parque Nacional Cotapata.
Es una de las áreas protegidas del país con bosques nublados,
montanos y húmedos. La naturaleza ofrece paisajes muy diferentes:
desde el páramo hasta la abundante vegetación. La altitud también
varía de 1.500 a 3.600 metros. Son tierras semivírgenes en las que
un grupo de jóvenes biólogos realiza trabajos de investigación en
un área de unos 60 kilómetros.
Una vez en la Estación Biológica de Tunquini, Guido se acerca al
acuario y pide que le pasen un pequeño trozo de carne vacuna. Corta
un pedazo y se lo da al pez. Tiburoncín parece ocultarse detrás de
algunas hojas. De pronto, su plomizo cuerpo va en busca del
alimento y una "o" se dibuja en su boca. La preocupación del dueño
se esfuma como la roja carne devorada con gran apetito y
agilidad.
Guido recién se quita la mochila más tranquilo y toma un vaso de
refresco. Eddy, uno de sus compañeros, dice en son de broma que el
pez entró en huelga de hambre porque extrañaba a su amo.
A primera vista, el Pimelódido (Rhamdia quelem) no es especial.
Mide casi 15 centímetros y tiene largos bigotes con las puntas
dobladas hacia arriba, como un gran señor del siglo XIX. A su lado,
en otra pecera están Pepe y Juan que pertenecen al género
Astroblepus. Si los peces tuvieran pies se podría decir que ellos
corren y saltan rodeando su comida. Luego, cual si estuvieran
bromeando, abren sus bocas y ayudados de sus ventosas parecen
estampados en las ventanas de la pecera. En las tiendas de acuarios
se los conoce como limpiadores.
Guido Miranda Chumacero, de 27 años, trabaja en la estación junto a
una decena de propuestas financiada por la Fundación Mac Arthur. Su
proyecto se denomina Peces ornamentales de ríos de montaña. "El
objetivo es evaluar las potencialidades ornamentales de estos
individuos".
Los peces del lugar podrán ser comercializados en las ciudades en
el futuro. "Los beneficios de estas investigaciones deben llegar a
los comunarios del Chairo y zonas aledañas", explica el científico
mientras alimenta a Tiburoncín. Separados por un vidrio, Pepe y
Juan observan. Cuando se le pregunta a Guido la razón de los
nombres, sonríe: "Cada uno de los animales, como los hombres, tiene
su propio carácter".
El esquivo sari de Eddy
Grandes gotas de lluvia se filtran entre las hojas verdes. El cielo
está a punto de llorar y Eddy permanece de pie. Carga una pesada
mochila y en las manos lleva un detector del tamaño de una antena
televisiva. "Rrrrrruuuu, rrrrrruuuu", el sonido del aparato se
repite y Eddy gira el cuerpo. "Tín, tín, tín", la señal cambia de
pronto. Apresura el paso. Corre cerca a 200 metros y con el radar
forma una coordenada en dirección al lugar de donde sale el "tín,
tín, tín", sonido similar al anterior. "El sari está por allá",
comenta y la lluvia ya moja al feliz investigador.
Eddy Pérez Limachi, de 29 años, trabaja allí desde hace dos años.
"La primera vez que encontré al sari (roedor de aproximadamente 30
centímetros de largo) le puse un radio-collar para saber por dónde
se mueve". En medio año sólo pudo ver al animal en dos ocasiones.
Sin embargo, pasa los días detrás de él.
Junto a Eddy trabaja Nicaned de los Ríos. Elabora una tesis que fue
denominada Abundancia relativa del sari en bosques con perturbación
alta y baja.
En las mañanas, con un par de naranjas y plátanos, hacen un
tomahawk, trampa con enrejado de alambres que no daña al sari
(Dasiprocta variegata), y esperan jornadas enteras a que el animal
caiga. Cazan tejones y otros saris, pero el objeto de su
investigación se escabulle. "Es un bicho muy esquivo", justifica
Eddy, pero no pierde la esperanza y sigue la búsqueda cortando
hierba con su machete para abrir nuevas sendas.
Nicaned, de 25 años, también tiene su forma de seguir al sari.
Colocó arena en ciertos lugares y verifica, según las huellas de
los animales, por dónde se mueven los roedores. "Es una mujer
valiente", dice Luis al referirse a ella.
Los habitantes de las comunidades cercanas ven al sari como un
enemigo de sus cosechas. El objetivo de Eddy y Nicaned es conseguir
un equilibrio ecológico, donde los daños a los sembradíos sean
mínimos y así se disminuya la matanza de saris.
Murciélagos cosechadores
La Luna tiene la cara partida por la mitad. En la noche, un poco de
luz alumbra desde el cielo y Luis Arteaga Börth estira la red
negra. Es como una gigante malla de voleibol. "Si no estuviera tan
claro seguro caerían los murciélagos", afirma a tiempo de retirarse
del lugar. En la cabeza lleva un lets, cinta con un reflector en la
frente que sirve para iluminar el camino.
Son las ocho de la noche y luego de colocar las redes, Luis retorna
a la estación. Entonces se oye un ruido de mallas. Uno de los pocos
pobladores se topó con la red. Los murciélagos, temerosos de
hacerse visibles por la luz de la Luna, permanecen dormidos.
Isabel Moya, esposa de Luis, es la coordinadora departamental del
Programa Para la Conservación de los Murciélagos de Bolivia. Para
ella, los murciélagos son "animales incomprendidos por el ser
humano". También trabaja en Tunquini y cinco de sus 27 años los
dedicó a seguir a estos mamíferos voladores. "No son ratones con
alas, tampoco atacan a las personas, ni se enredan en los cabellos
de las mujeres", aclara y deja escapar una sonrisa que le ilumina
totalmente el rostro.
En Bolivia existen cerca a 110 especies de murciélagos y sólo tres
se alimentan de sangre. "Por culpa del Desmodus rotundus
(murciélago hematófago), los campesinos eliminan a los murcis".
Isabel está preocupada y con sus estudios en Tunquini pretende
demostrar las cualidades de este odiado volador nocturno.
Aunque algunas personas creen que son repugnantes a la vista, los
murciélagos nectarívoros cumplen la misma función que los
picaflores, mientras que los frugívoros son los encargados de la
dispersión de semillas mediante sus defecaciones desde el
cielo.
En el Programa Para la Conservación de los Murciélagos de Bolivia
trabajan 14 personas. Altos árboles de Tunquini llevan, cual si
fueran paraguas, colectores o trampas de semillas. Así, Isabel y
compañía pretenden demostrar a los pobladores de la región, y a
todos los interesados en la fauna en Bolivia, que los mamíferos
nocturnos de orejas muy grandes y alas enormes son más beneficiosos
de lo que la gente cree.
Alas libres en Tunquini
La región debe su nombre al "gallito de las rocas", el tunqui. El
macho tiene el color del fuego, es rojo brillante, una pequeña
cresta le rodea la cabeza, cual si fuera un casco. De ojos
pequeños, infla su cuerpo para enamorar a la hembra. Ella es café y
de menor tamaño. Los machos tienen la costumbre de juntarse en
copas de árboles. Esos grupos se denominan Lecs, y entre todos
convocan a una hembra para demostrarle sus cualidades. Ésta suele
acercarse y se aleja pronto llevando tras sus plumas cafés una
manada de fuego. Este pájaro también es objeto de estudio en la
estación. Los investigadores pretenden conocer sus hábitos y
costumbres para poder conservarlo en un futuro próximo.
El tunqui es esquivo ante las cámaras. Su contrario es el momotus,
el ave más fotogénica del lugar. Parado sobre un poste o una rama,
desde su plumaje plomo azulado mira a los humanos y su larga cola,
que finaliza en dos plumas dispersas, se mueven cual si fueran
parte de un reloj. El momotus es considerado, por los
investigadores, el ser más estético y decorativo de Tunquini.
En la ciudad de La Paz, los biólogos dejan de lado sus pantalones
camuflados y sus poleras de manga corta. Guido es profesor, Luis
dedica cinco días a la semana a su hija y su esposa, mientras que
Nicaned pasa dos semanas elaborando su tesis y el resto del tiempo
ayuda a Eddy en Tunquini. Él es quien más tiempo se queda en la
región. Puede llegar a pasar meses allí. Eddy se alegra cuando
llegan sus amigos, porque con ellos la estación es diferente.
La vida en Tunquini tiene su propio ritmo. Los murciélagos vuelan
en la noche sin buscar cuellos en los cuales hundir sus colmillos;
los tunquis atraviesan el cielo en el día y le dan fuego de colores
al bosque. Juan y Pepe envidian el trato a Tiburoncín y éste
extraña a Guido cuando se aleja. Nicaned y Eddy pasan sus días
detrás del sari escogido. Y el tiempo va pasando, como la vida
misma, siguiendo el ritmo acompasado de las colas de los
momotus.
RECUADROS
Murciélago
Los murciélagos pertenecen al orden Chyroptera. De acuerdo con su
alimentación, están divididos en frugívoros, insectívoros,
nectarívoros, carnívoros, ictiófagos (que comen peces) y
hematófagos (que beben sangre). Uno de los más grandes registrado
en Bolivia es el Vampirum spetrum, que puede llegar a medir un
metro con las alas extendidas.
Tiburoncín
El Pimelodido rhamdia es un pez que habita en ríos caudalosos que
bajan desde las montañas. Su tamaño ronda los 15 centímetros y se
alimenta de carne y peces pequeños. Por sus características de
adaptabilidad, luego de un mes de estrés, el pez podría
acostumbrarse a vivir en cautiverio. Así, cambiaría los ríos por
los acuarios citadinos.
Tunquis
Su nombre científico es Rupicola peruviana. En los lugares que ha
sido visto como Perú, Colombia, Ecuador y Bolivia ha sido
denominado como el gallito de las rocas. Vive entre peñascos y
cerca a los ríos. Los machos son de color rojo vivo y las hembras
son café opaco. Para aparearse, los machos bailan para las hembras
y éstas eligen a los que las convencen.
Momotus
Momotus momota es el nombre de esta ave azul plateada. Su chillido
es similar a un canto que descontrola a quien lo escucha, porque no
sabe de dónde proviene. No vuelan solos, siempre están hembra y
macho juntos por los aires. Se alimenta de pequeños insectos. Su
cola termina en dos plumas largas y separadas de su
cuerpo.

